Reino Unido, 1939
Es de esos dibujantes que no parecen dibujar… parecen reproducir la realidad con una precisión inquietante. De hecho, cuando ves una página suya por primera vez, lo normal es pensar: “esto no puede estar hecho a mano”.
Creció entre cómics británicos y estadounidenses —de The Beano a Superman—, pero su camino no fue el habitual. Mientras otros aprendían dibujando superhéroes, él se formaba en arte y acababa trabajando en algo mucho más peculiar: el diseño de sellos y billetes. Sí, billetes. De los de verdad. De los que no pueden fallar ni un milímetro. Ahí desarrolló esa obsesión por el detalle que luego trasladaría al cómic.
Antes de dedicarse por completo a la ilustración pasó por todo tipo de trabajos —rotulación, enseñanza, estudios de arte comercial—, hasta que decidió lanzarse como freelance. Y cuando llegó al cómic, no tardó en destacar. No por hacer más ruido, sino por hacer algo distinto.
Su trabajo en Anderson: Psi Division lo convirtió en un nombre de referencia dentro del cómic británico. Luego vendrían obras como Button Man, seca y afilada como una bala, o Mazeworld, quizá la más extraña y magnética de todas: una historia donde el dibujo no solo acompaña… sino que te desorienta, te envuelve y te arrastra.
Ranson no es un autor de grandes gestos. Es de los que te atrapan sin que te des cuenta. De los que construyen mundos tan sólidos que acabas creyéndotelos.
Y por eso tiene todo el sentido que, en 2026, Cartem Cómics recupere Mazeworld en España bajo el título Mundo Laberinto.
Porque hay obras que no envejecen.
Solo estaban esperando volver a encontrarte.